UN PERÚ DE PAPEL

Opinión, César Hildebrandt.

Como habrán notado algunos, esta columna hace tiempo que no comenta de las babosadas de la caverna.

¿Que la Comisión de la verdad es una conspiración caviar? Que lo sigan diciendo. La gente no les hace caso. El país está en otra. Los giampietris no son ni, por asomo, importantes.

¿Que Fujimori es honrado y patriota? Que Saravá siga diciendo y que su rostro siga siendo el logotipo moral del fujimorismo. No hay que contestarles porque sería de pésima educación.

¿Que la ley de la selva debió de aprobarse y que su rectificación será vista como una claudicación por los inversores? Que «El Comercio» lo siga escribiendo en esos editoriales que tose Huguito Guerra y corrige el fantasma sin cabeza de Sánchez Cerro.

¿Que la felicidad está a la vuelta de la esquina gracias al manejo económico a cargo del hampa de Eisha que federó Kuczynski y heredó gustosamente, el doctor García? Que algún diario de los Agois lo diga no significa nada. Total, los Agois son, como se sabe, la viruta tenaz de Luis banchero Rossi.

¿Que el chavismo y el humalismo encienden la pradera y que si no fuera por ellos la paz del Perú sería absoluta? Que lo diga algún Wolfenzonzo no debería alterar a nadie. El sur se pronuncia a su manera, la selva deroga una ley hecha para los madereros de Chile, los de abajo no se la creen.

En el fondo, como dijo Abelardo Oquendo en su versión de Pedro Rojas el día que «La Crónica» dejó ser de la familia Prado, «La derecha es un tigre de papel».

Y con papel impreso quieren aturdirnos. De papel es el país inventado por Alva Castro es una autoridad respetable, Vega Llona un intelectual, García un estadista, el Perú un tigre asiático camino al primer mundo, la minería un gran contribuyente, Keiko Sofía una gran dama y así por el estilo, todo cambalacheado y al revés, patas arriba y de contra, acangrejado y tornasol.

Este Perú pirata que la derecha ha levantado dominando la escena de los medios, no es el real. Y lo que va a suceder, como ha pasado cada treinta años, es que va a llegar el día en que esa verdad calumniada por la ficción de la caverna va a encontrar la manera de imponerse.

Y se impondrá.

Así reúnan veinte mil giampietris vestidos de blanco (primero) y rojo (después de la tarea).

Así «El Comercio» tenga una rabieta y los Agois una rabietita. Asi las radios griten en clave de sol.

Porque la derecha peruana le pasará siempre lo mismo que a sus ancestros guaneros: hará negocios pero no país, plata pero no nación, fortuna pero no cimientos, bonanza pero no futuro.

Si la llamada «prosperidad falaz» del guano nos dejó corrupción y deudas, ¿qué nos dejará esta bonanza metálica que tiene fecha de caducidad?

No sé, desde luego, que nos dejará. Creo saber, sin embargo, que no nos dejará.

No nos dejará un Estado arbitral tratando de reducir las peores iniquidades.

No nos dejará un país amistado longitudinal y transversalmente. El hecho de que sigamos llamando «nativos» a quienes pueblan la selva que no miramos y que es el 70% de nuestro territorio, da una idea del fracaso peruano como proyecto de Estado-nación. El hecho de que mucha gente siga pensando que los asesinados de Putis no son semejantes sinio miembros de una ciudadanía degradada que habita las alturas, es otra huella de esta desgracia desintegradora.

El Perú es, potencialmente, una Yugoslavia andina. Está pegado con las babas del diablo y el terokal del centralismno represivo y, a diferencia de la yugoslavia de Tito, carece de un centro real. Y la derecha de papel cree que domina la situación porque sus periódicos se lo dicen y sus televisiones se lo paporretean. está segura, además, de que el consuelo de la caridad -vaso de leche, juntos, a crecer, sembrando toda esa porquería «altruista» -resultará suficiente para calmar las hambres y parar las rabias.

Si la política peruana no se renueva, si los partidos no se adecentan, si la perplejidad sigue paralizando a los buenos y la impunidad alentando a las sabandijas, el Perú sabrá lo que es violencia. Y NO SûLO SABRÁ. QUIZÁ SEA QUE LA MERECERÁ.

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