Si vas para Chile…

Como si la naturaleza hubiese querido darle un mensaje brutal al nuevo presidente de Chile, esta es la hora de la solidaridad y de la tregua política en un país que se preparaba para asistir al festín de la derecha pinochetista y a la privatización de todo lo que quedara de rentable, comestible y vendible.

Es la hora también de la solidaridad continental y mundial con el pueblo chileno.
Proféticamente, el viernes pasado Heidi Grossmann, una reportera del programa «Día D», me dijo, entrevistándome para un reportaje que quizá salga en dicho espacio, que alguna gente pensaba que yo odiaba a Chile.
«Gente ignorante tiene que ser», le respondí. Y añadí (y está allí la grabación para corroborarlo):
«Admiro a Chile. Amo a Chile, leía a Neruda, a Nicanor Parra, a Enrique Linh, a Vicente Huidobro, a Enrique Teillier y aun a Gabriela Mistral, cuando no estaba de moda en mi generación leerlos. Chile es un paìs que ha hecho sus tareas básicas y tiene una identidad de la que no se avergüenza…»
-Dije algunas cosas más y terminé así:
«La clase dominante peruana despilfarró a Perú. La clase dominante chilena creó un país. Yo no estoy contra Chile. Estoy intensamente en contra de quienes, en el Perú, permitirían que se repetiera lo de 1879. Mi pelea ha sido para que el militarismo chileno no vuelva a imponernos sus condiciones…»

Pensaba en esas cosas cuando veía las imágines de la destrucción en la región del Bío Bío y en Santiago.
Mi primer viaje al extranjero -recordé- fue a Santiago de Chile, en plena época de Allende. Me fascinó la fuerza de ese pueblo, su dignidad a flor de piel la reciedumbre de sus convicciones.
Pinochet, más tarde fue la encarnación viciosa y depravada de esa fuerza chilena. Pinochet le recordó al Perú que Diego Portales era un patriarca, el Perú una presa y la tradición prusiana del paso de ganso una amenaza para sus vecinos. Pero fue Pinochet, no el pueblo chileno. El pueblo chileno fue, más bien, la ensangrentada víctima de esa hiena.
De modo que está claro: el militarismo chileno, y los partidos derechistas que lo alientan, son el escollo que el Perú tiene para intentar el olvido y la reconciliación con Chile. Olvido y reconciliación que no sólo son posibles sino que resultan, a la luz de estos tiempos, más necesarios que nunca. Fatalmente, ni olvido ni reconciliación dependen únicamente del Perú.
Esta es la hora, sin embargo, de demostrar al mundo cuánto podemos ayudar a un pueblo próximo y a fin en tantos sentidos.
La ironía es que la mitad de Pisco sigue, tres años y medio después del terremoto, en el suelo, de modo que tampoco esperemos que Chile nos solicite un auxilio masivo.
Sobre todo si todo esto ocurre a las pocas horas de un accidente aéreo criminal, causado por una nave de 30 años de antigüidad autorizada a volar por el archicorrompido ministerio de Transportes y Comunicaciones del Perú y en la que han muerto junto a cuatro peruanos, tres turistas chilenos que se atrevieron a sobrevolar nuestras líneas de Nazca.

Chile es un país serio y aun en el dolor resulta un ejemplo de organización y eficacia. Dos horas después del terremoto, la señora Bachelet empezaba un recorrido por las zonas afectadas de Santiago y desplegaba a sus ministros en diferentes tareas coordinadas por un Comité de Emergencia reunidos en pocos minutos.
Es imposible determinar, a la hora en que escribo estas líenas, cuánto del PBI chileno se llevará la reconstrucción.
Lo que es cierto es que la arrogancia de Piñera y de su equipo friedmanita tendrá que esperar un poco.

Levantar el sur costará mucho dinero. Pero sobre todo, creará una atmósfera de compasión y empatía que resulta veneno puro para los planes de la derecha chilena; planes que pasan, como casi siempre, por hacer del «sálvese quien pueda» un himno darwiniano y un lema nacional.
El egoísmo esgrimido como extrema virtud que esa es, en realidad la idea-fuerza de todas las derechas- tendrá que esperar. El banquete de la desregulación se ha suspendido, casi al mismo tiempo que el festival de Viña de Mar. La embestida en contra de los trabajadores del Estado, a los que le esperaban despidos que «El Mercurio» llamaría «imprescindibles para la modernización», también se han cancelado por ahora.
Un terremoto de visos cataclísmicos ha parado, por un tiempo, el tsunami indonesio que la derecha chilena venía preparando.

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