Reducir el riesgo de cáncer

REDUCIR EL RIESGO DE CANCER

Seis estrategias que funcionan para reducir el riesgo de cáncer

El cáncer es la segunda causa de muerte en España, sólo por detrás de las enfermedades del sistema circulatorio. Por ello, aunque en nuestro país la tasa de mortalidad por tumor sea una de las más bajas de toda la UE, esta enfermedad supone un problema de primera magnitud y su incidencia lleva años en aumento. (1) (2)

Parece evidente que las campañas contra el cáncer de gobiernos e instituciones sanitarias no están logrando los resultados deseados; más bien es el cáncer quien va ganando la partida, al menos de momento.

La impresión del público en general de que la medicina tiene mucha más capacidad hoy que hace diez años para curar el cáncer debe atemperarse mediante un examen honesto y riguroso de la realidad.

La ilusión de la detección temprana

Es verdad que actualmente, gracias a los avances en los medios de diagnóstico, el cáncer se detecta en una fase mucho más temprana. Sin duda esto es algo bueno: siempre es más fácil curar un cáncer en un estadio precoz. Hay que aclarar que el cáncer es tanto más agresivo cuando aparece en una persona adulta joven y, por tanto, también es más difícil de combatir.

Pero también tiene otra lectura, y es que puede crear una falsa ilusión. Así, si se descubre el cáncer en una fase temprana, el paciente conocerá su enfermedad antes que otro paciente al que se le detecta ya avanzado. Por tanto, aunque finalmente ambos fallecieran al mismo tiempo, el primero tardaría más en morir desde que sabe que padece la enfermedad, y con ello tendría la impresión de que los tratamientos han sido más eficaces.

Se pueden detectar tumores minúsculos gracias a los avances en las últimas décadas del procesado de imágenes como el PECT-TAC o la tomografía computarizada por emisión de positrones, pero el problema es que resulta imposible saber de antemano cómo va a evolucionar un tumor canceroso.

Existe un sistema de gradación para medir la agresividad de un tumor, pero no es fiable al 100%. Por tanto, siempre se corre el riesgo de optar por tratamientos excesivamente enérgicos, incluso incapacitantes, ante tumores que quizá no se desarrollen nunca.

A menudo se trata de las denominadas lesiones borderline (en el límite entre lo normal o poco patológico y lo francamente tumoral), de evolución lenta y que no resultan preocupantes en personas de edad avanzada.

Un estudio sobre la próstata llevado a cabo por los patólogos de la Cleveland Clinic de Detroit (Estados Unidos) en la década de 1980 reveló que si se realizan biopsias de próstata a un grupo de hombres de entre 50 y 59 años, se detectará cáncer en el 45% de los casos. (3)

Esa investigación puso de manifiesto que la proporción de varones que podrían padecer cáncer de próstata asciende al 68% de los hombres entre los 60 y 69 años, y al 82% entre los 70 y 79.

Incluso entre los jóvenes de entre 20 y 30 años, cerca del 10% tiene ya células prostáticas tumorales aisladas que nunca desarrollarán el tumor en su fase clínica, y por tanto no es necesario tratar u operar sistemáticamente.

En realidad, un gran número de cánceres de próstata son tumores «no progresivos», es decir:

  • Algunos se atrofian (se reducen) porque la capacidad de aporte sanguíneo de los vasos que los irrigan es insuficiente.
  • Otros son detectados por el sistema inmunitario del organismo y este consigue destruirlos.
  • Otros no son agresivos y se estancan hasta la muerte del paciente (que fallece por otra causa).
  • Por último, otros cánceres evolucionan tan lentamente que el paciente puede terminar desarrollando otra enfermedad -e incluso morir a causa de ella- antes de que el volumen prostático hipertrofiado (aumentado) provoque molestias miccionales e incluso retención.

Existen numerosas causas biológicas que pueden explicar por qué un cáncer no evoluciona de forma negativa. ¡Y los científicos continúan descubriendo algunas en la actualidad! (4)

Con la erradicación de estos tumores borderline, da la impresión de que hemos conseguido curar al paciente de cáncer. Este es un caso especialmente frecuente en el cáncer de mama y en el de próstata. De ello se derivan intervenciones inútiles y potencialmente incapacitantes (que provocan pérdidas de orina, desaparición de la potencia sexual…), pero los pacientes están convencidos de que han salvado su vida gracias a los «avances de la medicina».

¿Por qué enloquecen las células?

El origen de un tumor se halla en el trastorno de una o varias células. Este trastorno consiste en que una parte -todavía desconocida- de su ADN muta y las células afectadas adquieren la capacidad de multiplicarse sin límite, incluso de desbaratar el funcionamiento del sistema inmunitario.

Se han identificado varios factores que resultan mutágenos; es decir, que provocan la mutación de las células:

  • El tabaco.
  • Las sustancias químicas (bencenos, alcohol).
  • Las radiaciones.
  • Las infecciones (la bacteria Helicobacter pylori en el estómago, el papilomavirus en el caso de las enfermedades de transmisión sexual, -que derivan en cánceres de cuello de útero o de laringe-, la hepatitis B o C para los cánceres de hígado…).
  • Los tratamientos hormonales sintéticos (píldora anticonceptiva, tratamientos hormonales sustitutorios de la menopausia).
  • Los malos hábitos alimentarios que conducen a la obesidad.
  • El sida (síndrome de inmunodeficiencia adquirida).
  • Los tratamientos contra el cáncer, aunque sea un caso mucho menos común. Un exceso de radioterapia (una dosis excesiva) centrada en el pecho o en el recto puede provocar sarcomas en las zonas radiadas, por ejemplo. El tratamiento de la leucemia aguda en los niños requiere radiación y quimioterapia en dosis elevadas, pero también provoca muy a menudo una leucemia crónica al final de la adolescencia.

Por supuesto, más adelante mencionaré el factor hereditario (la «genética»), pero lo cierto es que no tenemos ni la menor idea de por qué y cómo determinados genes (los llamados oncogenes) provocan cáncer. Aun a riesgo de crear controversia, considero que comunicar a alguien que posee riesgo hereditario o genético de padecer cáncer equivale a anunciarle que «la maldición del cáncer» pesa sobre su espalda. Determinados cánceres tienen más de medio millar de anomalías genéticas identificables, pero ninguna de ellas puede establecerse claramente como la causa.

La excepción son los «genes del cáncer de mama» BRCA 1 y 2, de los que todo el mundo ha oído hablar gracias a la célebre actriz Angelina Jolie, que decidió extirparse ambas mamas por dicho motivo. En su caso, la operación quizá era necesaria (evidentemente no tengo los datos de su expediente médico y no sé nada al respecto, pero supongo que sus médicos hicieron lo mejor). No obstante, incluso en el caso de contar con este tipo de genética, los principales factores que pueden provocar cáncer son el modo de vida y el entorno.

Este fenómeno ha sido reconocido hace muy poco tiempo, al constatar en 2014 la investigadora canadiense Joanne Kotsopoulos que entre las madres e hijas que portan estos mismos genes, las madres (nacidas antes de la Segunda Guerra Mundial) tienen claramente menor riesgo que sus hijas de sufrir un cáncer de mama. (5)

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