Michael Jackson

Opinión: César Hildebrandt, periodista.

Nunca se sabrá que personaje será el que fue enterrado hace unas semanas, en el cementerio Florest Lawn Hollywood Hills de Los Angeles.
Ese ilustre cadáver tenía la identidad de quien había nacido en Indiana como Michael Joseph Jackson pero se parecía sólo de un modo remotísimo a quien todos habían admirado en los años 80.
Empecemos por el comienzo. Cuando la muy pobre familia Jackson apostó por la música como atajo al ascenso. Michael sólo tenía cuatro años. Era, sin embargo, tan maravillosamente precoz que un año después ya era el vocalista de  The jackson Five.
Como la infancia le fue arrebatada, Jackson (Michael) hizo lo que muchísimos niños secuestrados por la fama llegan a hacer para vengarse: decidió congelarse emocionalmente en una edad que lo exonerara de las miserias de ser adulto.

Genial y desquiciado, no sólo se pasmó en ese estado de gracia sino que empezó a jugar con su identidad y su género. No sería negro como el papá abusivo que manejaba una grúa y siempre estaba escaso de dinero ni sería del todo el hombre de la casa que sus padres habían ideado – parásitos de su talento -desde las primeras grabaciones en el sello Motowon.
De modo que se puso a trabajar en ello y los resultados asombraron al mundo. Ese negro original, apuesto y bien plantado, se iba suicidando hasta llegar a ser un mosntruo de luz de neón, un blanco a punta de descamados sucesivos, una pesadilla de nariz respingada.

O sea que el Micahel Jackson nacido en agosto de 1958 en Gary, un pobre pueblo de Indiana, sólo quedó el armazón. Todo lo que cubría aquel esqueleto prodigiosamente ágil y dúctil para el baile fue cubierto por una piel falaz, unos labios que dejaron de ser belfos a cuchilladas, un mentón de niñita y una peluca androide terminada en un lacio robacorazones.
Claro que le quedaba la agilidad, el talento y la voz y con todo ello pudo seguir haciendo música y dinero, pero lo que jackson no supo es cuánto lo odiaron los negros de todo el mundo que no se avergonzaban de serlo, los que en su país habían sobrevivido a siglos de desprecio y a la triple K del sur infante, aquellos por cuya liberación Abraham Lincoln había librado una guerra espantosa, aquellos que a pesar de su liberación, siguieron siendo, hasta 1965, los apestados de Alabama.

Jackson no sólo desacreditó al gremio de los cirujanos plásticos sino que deshonrró las luchas de Stokely y Carmichael, la música de Mirian Makeba y los discusos que construyeron la autoestima negra de Martin Luther King. Fue, en suma, alguien que se hizo ex negro en el quirófano.

Por eso el entierro tuvo una atmósfera de redundancia.

Deja un comentario