LA HISTORIA DE VÍCTOR JO

Opinión: César Hildebrandt.

Víctor Jo Guai estaba contrabeando opio en la frontera rusoafgana cuando lo llamaron para asesorar a Boris Yeltsin. Jo Guai había asesorado antes a Enver Hoxha, contribuido a la educación moral de Pinochet en su calidad de tutor y era en ese momento el oráculo infalible de Chino Maldito, el único soldado nipón que desertó de Iwo Jima apenas empezaron los tiros y llegó nadando hasta Rapa Nui, donde empezaría una cerrera política coronada en el Perú con el llamado Shogunato de los Mil Cerezos.

La mafia rusa se había enterado del talento inmenso de Jo Guai para la política porque el dueño de las mejores plantaciones de amapola en el sur afgano era Dimnitri Vomitoliv, jefe de la campaña electoral de yeltsin y amigo de Jo Guai desde los tiempos en que ambos hacían medicinas chinas en el patio trasero de sus casas.

Así que Yeltsin y Jo Guai se reunieron. -cuénteme algunos detalles -dijo Jo Guai con tono muy profesional.

¿Podemos hablar en confianza? -preguntó Yeltsin mientras Jo Guai asentía con la cabeza. -Mire usted -añadió -hemos matado, hemos robado, hemos hecho doscientos atentados para culpar a los chechenios y hemos enviado nuestra plata negra a Marbella. Ahora necesitamos ser reelegidos para seguir tapando todo esto. -¿Y cuál es el problema? -preguntó Jo Guai. -tengo a mi alrrededor a muchos pusilámines que quieren concenso y moderación -dijo yeltsin. -Ese sí que es un problema -dijo Jo Guai. -Yo si creo en lo que hago dijo Yeltsin. -Pero es necesario más que eso -dijo Jo Guai. me refiero a verdadera convicción, a ese entusiasmo que podría confundirse con la felicidad -filosofó.

-¿Cómo hicieron en el Perú? -preguntó Yeltsin. -Chino Maldito, por ejemplo, nunca dejó de creer que el Perú debía ser un guáter, una cisterna averiada, un atoro de tamaño amazónico. Y nunca dejó de creer que las almas de los peruanos debían de ser aplastadas por toneladas de basura venérea y periódicos sucios. Y que los valientes o los inadaptados deben ser vomitados por el sistema. Y nunca dudó, fíjese bien señor Yeltsin, nunca dudó de que el Perú sería, al final un país de noche, un trozo de nada navegando a la deriva, un país maravilloso donde las mulas mandaran y las ratas recibieran descanso posnatal.

-Lo que dice me confunde un poco -dijo Yeltsin. -Es que es una visión cósmica del mal -dijo Joi Guai con la frialdad de un académico que describe la teoría de los fractales. Eso es lo que hace falta aquí, señor Yeltsin: matar al último escrúpulo de la pútrida conciencia.

Yeltsin se quedó pasmado. Nadie le había hablado así. Ni siquiera vladimir Chavetovich, el mayorista de la mafia rusa, el que mataba estadios enteros y sinagogas en actos de celebración. Alguna vez, recordaba, Chavetovich había tratado de reflexionar sobre la inutilidad de la decencia pero eso era muy poca cosa frente al discurso de este peruano de ojos mongólicos que no parecía adular al mal sino encarnarlo.

-Eso en primer lugar -añadió Jo Guai. -Lo segundo es actuar. Las elecciones no son elecciones: son una confirmación, una clonación fotográfica de la elección anterior. No son elecciones: son una redundancia. Por lo tanto, camarada, arreglas las computadoras. Eso se llama modernidad. ¿Alguien te ataca por la prensa? Lo desapareces. ¿El periódico entero entero se suma al ataque? La madre del jefe de la Unidad de Investigación resulta atropellada por un tren de carga que se desvió de ruta y fue a parar a una carretera.

-¿Te jode una radio, con el perdón respectivo por esa palabra, querido camarada? Te llevas el transmisor por la noche. ¿Sale un candidato amenazante? Lo sepultas en mugre lanzada desde la televisión que controlas, es decir toda. Por que lo único que hacen estos brutos que gobernamos es ver televisión. -¿Pero eso no es…volver a Stalin? -balbuceó Yeltsin hincado por el último milígramo de pudor que le quedaba.

-Es peor. Stalin fue un reo primario porque no tenía satélites ni computadoras ni interceptores telefónicos. No tenía ni siquiera rayos infrarrojos para burlarse de la noche, ni GPS para saber que pisas ni Internet para difamar a escala planetaria. Permíteme decirle, señor Yeltsin, que Stalin fue un pobre diablo. ¡Stalin no tuvo nada de lo que el mundo se merece! -gritó Joi Guai.

-¿Cuánto le debo? -preguntó Yeltsin, mareado sin haber tomado una copa de vodka. -nada, Su Exelencia. Sólo quiero comprar más medicina en la frontera.

Será escoltado hasta allí para protegerlo. Le agradezco mucho sus consejos. -terminó Yeltsin. Tenía la cara de quien había vuelto al estado de gracia de los inocentes.

(Del libro «Biogtrafías Apócrifas» . de pronta aparición)

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