LA FURIA DE LOS LIBROS.

                                                                                      Matices: César Hildebrandt.

   Chile nos devuelve lo que era nuestro y nos restituye lo que se llevó en los libros de la Lima que quiso incendiar por completo, de esa ciudad de la que se llevó hasta los urinarios de la Plaza de Armas (lo cuenta el alemán E:W: Middendorf, testigo directo de los hechos en un libro de 1893).

   Sólo funcionarios un tanto alelados, como el embajador García Belaúnde, pueden mentir de esa manera. ¿Así que Chile nos devuelve los libros que se llevó, como decían ayer los idiolocutores de RPP y como sostenía la agencia de noticias Andina?

   Ese es el cuento de la Biblioteca Nacional, el cuentazo de la Cancellería, la broma de Hugo Otero y la carcajada de madame Bachelet, que ahora parece la hermanita de Felipe González. Porque lo que Chile se llevó de Lima en materia de libros fue cuantioso.

   Manuel de Odriozola director de la Biblioteca del Perú durante la ocupación chilena, le escribió una famosa carta al embajador norteamericano en Lima, míster Christiancy. En ella señala el saqueo y señala que «por la protección de los gobiernos y por obsequios de los particulares (la biblioteca contaba a fines de 1880 muy cerca de cincuenta mil volúmenes impresos y más de ochocientos manuscritos, verdaderas joyas bibliográficas, entre las que no escaseaban incunables o libros impresos durante el primer medio siglo posterior al descubrimiento de la imprenta…» (carta de Manuel Odriozola, 10 de marzo de 1881).

   La cifra de cincuenta mil libros encaja perfectamente con el testimonio de Middendorf, quien señala que en 1830 la Biblioteca del Perú contaba ya con 30,000 volúmenes y que, bajo el cuidado de Francisco de Paula Vigil desde 1835. «comenzaron mejores tiempos en la institución y el número de libros aumentó apreciablemente…» Y en otra parte de de su obra el mismo Middendorf calcula en 60,000 el número de volúmenes que albergaba, al momento de la ocupación chilena, el local de la Biblioteca, situado en el llamado Colegio de los caciques, local que se amplió hasta ocupar el contiguo convento de los Jesuitas. («Perú: observaciones y estudios del país y sus habitantes», 1893). Entonces, ¿con cuántos libros peruanos cargó la infamia del enemigo ancestral del Perú?

   La respuesta la da Manuel Ricardo Palma-tal el nombre completo del tradicionista-en una de sus cartas a Nicolás de Piérola: «Los chilenos han dejado en el establecimiento poco menos de tres mil volúmenes infolios en pergaminos escritos en latín y casi todos sobre materias teológicas. Exeden de cuarenta y cinco mil tomos los que nos han robado» (Carta de Ricardo Palma a Nicolás de Piérola mayo 29 de 1881. Palma era en ese momento, todavía y sólo formalmente, subdirector de la saqueada entidad. Poco después, tras la salida del invasor, se convertiría en su segundo fundador, como lo subraya Aurelio Miró Quesada Sosa en el prólogo a los despachos de Palma como corresponsal de El Comercio en España. Como refundador Palma se llamó así mismo «bibliotecario mendigo» y pidió la ayuda de países y amigos. Miro Quesada, sin embargo, dice en ese prólogo, corregiendo al propio Palma que lo que el tradicionista encontró tras el saqueo no fueron tres mil sino apenas «setecientos y tantos» libros).

      No fue sólo la Biblioteca del Perú el blanco del odio forastero y cultura. La vieja capitanía subordinada se ensañaba con la ciudad que había sido sede mayor del virreynato español. Los esbirros venidos de la envidia hacían su tarea.

   El alemán Middendorf añade: «Entre todas las medidas con que los chilenos mancharon su bien ganada fama militar, la más odiosa fue el saqueo de todas las colecciones científicas, pues era manifiesta la maligna intención de privar a la nación vencida de los medios de instrucción y de este modo humillarla, como ya se había hecho al aniquilar su poderío exterior por medio de la fuerza de las armas…»

   En efecto, el 24 de febrero de 1881 empezó la soldadesca chilena a encajonar y poner en valor y en carretas rumbo al puerto del callao todo lo que encontró de apreciable (y era mucho), en el museo Raimondi, en el anatíomico de la Escuela de MInas, en la Biblioteca de la Universidad de San Marcos.

   Se trataba de dejar al Perú en el mismo estado e salvajismo primordial de la mayor parte de la tropa chilena y de muchos de sus jefes y generales. Los chilenos quisieron eviscerar al Perú. Y estuvieron a punto de lograrlo con la complicidad de muchos peruanos.

   Por esos días el chileno Cornelio Saavedra, uno de los jefes de la ocupación, escribió una carta que luego sería publicada en Santiago: «Parece imposible la degradación de este pueblo, frailes, oficiales, jefes y hasta mujeres bien vestidas iban a denunciarme los depósitos de armas, por el mezquino interés de la gratificación pecunaria. De buena gana habría fusilado a tanta gente infame, Al fin, Baquedano  y yo declaramos que no queríamos más rifles y cerramos nuestras puertas a los denunciantes…»

   Esa ignominia tiene herederos y esos lodos legados cuentan hoy con albaceas poderosos. Son los que en este momento se felicitan porque Chile nos ha devuelto 3,788 libros de los cuarenta y cinco mil (quizás más, de ningún modo menos) que se robó. Son los mismos que ayer se arrastraron y hoy pretenden que todos nos invertebremos ante el Chile de siempre. Son los que le permitieron decir al general Patricio Lynch durante la ocupación: «Haremos mangas y capirotes de esta tierra de papilla»,

   Chile seguirá siendo un país de ladrones mientras no nos devuelva, de verdad, lo que se llevó. Porque sólo para los delincuentes, en general, y para los nazis, en particular los libros son botín de guerra.

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