JOSÉ MARÍA ARGUEDAS

Apuntes para una Reflexión: Luis Angel Ayala Huamaní.

José María Arguedas, máximo representante del nuevo indegenismo, aquel que iniciaran Enrique López Albújar y Ciro Alegría, tiene una trascendencia que en estos tiempos muy poco se considera, justamente en la presente breve nota quisiéramos concentrarnos en su labor como escritor, ya que Arguedas también dejó huellas como estudioso y crítico de la cultura peruana en su labor de antropólogo y con su voz de fuerte sentimiento, en sus registros musicales, entonando nuestro folklor andino.

Al revisar la narrativa de Arguedas notaremos que no es una descripción trágica o una simple denuncia que se encierre en añorar el antiguo esplendor de la raza indígena. Sino que más bien, desde el sufrimiento del campesinado andino , el amauta va entendiendo el proceso peruano y el rumbo liberador que todos los sectores del pueblo peruano van labrando, hacia un país diferente. La literatura de Arguedas, de expresar lo que el autor sintió en carne propia, al interior de las haciendas y comunidades indígenas, pasa a entender como esa realidad ya estaba también en las ciudades grandes y en la misma Lima y como se entreteje de manera creadora, cuando el obrero, el poblador pobre de las barriadas, el intelectual comprometido,el estudiante, identifican su lucha con el de la enorme población. Por eso se convierte en una literatura de clase, del proletariado peruano…

En ese sentido Arguedas, de manera natural, se conecta con el indegenismo que José Carlos Mariátegui enarbola en sus ensayos, artículos y labor política; no es un indigenismo paternalista ni demagógico como las clases dominantes siempre utilizaron (y utilizan) para reproducir su dominación sobre la población campesina andina, si no de un indegenismo socialista. Nosotros interpretamos de esa manera la obra literaria de José María Arguedas, justamente porque él traduce esa nueva realidad:  obreros y campesinos, urbanos y rurales, criollos, mestizos. cholos, e indígenas, occidente y ande, con sus aportes construyen una sociedad mejor.

Pero para que no quede duda del fundamento de nuestra aseveración: esa nueva sociedad-Arguedas toma posición manifiestamente -es la que nace del sentido de vidas colectiva de los comuneros y no de la competencia individual. El nuevo país se construye desde la colectividad y eso lo llamamos socialismo. También es socialismo como lo definió Mariátegui, una sociedad que se construye con la tradición y a la vez con el aporte de la modernidad. Arguedas hace suya esa tarea cuando presenta el conflicto entre ambas, también presenta su fórmula de solución   en las nuevas generaciones que las reconcilian para lograr la justicia final de los hombres, la fraternidad de los hombres de este país y del mundo.

Ese llamamiento de unidad en búsqueda, del país de Todas las Sangres, en la que acabada la explotación se puedan vivir todas las pátrias juntas -Nos muestra una trascendencia que va más allá de nuestras fronteras. Es la trascendencia que vuelve universal la literatura de Arguedas.

Retomemos el estudio, rescate y difusión de Arguedas y continuemos su obra, en estas horas en las que la juventud, cuando no está embrutecida por la ofensiva de los medios masivos, se identifica con escritores que con fina técnica literaria y ensayística, nos meten de contrabando las ideas más reaccionarias e inviables, negando descaradamente la historia, y la gran tradición cultural propia, para mantenernos en el sometemiento económico social y político.

Fragmento de «NO SOY UN ACULTURADO» en el acto de entrega del premio «INCA GARCILASO DE LA VEGA» José María Arguedas. Octubre de 1968.
La ilusión de juventud del autor parece haber sido realizada. No tuvo más ambición que la de volcar en la corriente de la sabiduría de un pueblo al que se consideraba degenerado, debilitado o «extraño» e «inpenetrable» pero que, en realidad, no era sino lo que llega a ser un gran pueblo, oprimido por el desprecio social, la dominación política y la explotación económica en el propio suelo donde realizó hazañas por las que la historia lo consideró como gran pueblo: Se había convertido en una nación acorralada, aislada para ser mejor y más fácilmente dominada y administrada y sobre la cual sólo los acorraladores hablaban mirándola a distancia y con repugnancia o curiosidad. Pero los muros aislantes y opresores no apagan la luz de la razón humana y mucho menos si ella ha tenido siglos de ejercicio; ni apagan, por tanto, las fuentes del amor de donde brota el arte. Dentro del muro aislante y opresor, el pueblo quechua, bastante arcaizado y defendiéndose con disimulo, seguía concibiendo ideas, creando cantos y mitos y bien sabemos que los muros aislantes de las naciones no son nunca completamente aislantes. A mí me echaron por encima de ese muro, un tiempo, cuando era niño; me lanzaron en esa morada donde la ternura es más intensa que el odio y donde, por eso mismo, el odio no es perturbador sino fuego que impulsa.

Las dos naciones de las que provenía estaban en conflicto: El universo se me mostraba encrespado de confusión, de promesas, de belleza más que deslumbrante, exigente. Fue leyendo a Mariátegui y después a Lenin que encontré un orden permanente en las cosas; la teoría socialista no sólo dio un destino y lo cargó aun más de fuerza por el mismo hecho de encauzarlo. ¿Hasta dónde entendí el socialismo? No lo sé bien. Pero no mató en mí lo mágico. No pretendí jamás ser un político ni me creí con aptitudes para practicar la disciplina de un partido, pero fue la ideología socialista y el estar cerca de los movimientos socialistas lo que dió direcciòn y permanencia, un claro destino a la energía que sentí desencadenarse durante la juventud.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *