Ignorancia y salud.

JOSÉ LUIS DE LA SERNA Madrid Actualizado: 09/06/2015 02:53 horasCompartir en la comunidad Ver más

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La ignorancia es el mayor factor de riesgo para la salud. Se han publicado multitud de artículos científicos certificando que la buena cultura sanitaria entre la población es un determinante clave para mantener la salud y gestionar las enfermedades agudas o crónicas que puedan presentarse. Tener un cierto nivel del alfabetización en biomedicina es esencial para promocionar la salud y -sobre todo- para prevenir enfermedades. Las vacunas constituyen -junto con el agua potable y una alimentación correcta- los mayores avances que ha logrado la humanidad frente a las enfermedades infecciosas. Nada ha salvado más vidas que estos tres factores. Es incomprensible que esté proliferando el número de padres antivacunas capaces de exponer a sus hijos a sufrir patologías serias que podrían incluso estar erradicadas si la vacunación fuera un fenómeno absoluto y global.

Sin embargo, la cultura sanitaria -incluida la de los países desarrollados- es bastante discreta. En España, por ejemplo, el porcentaje de »analfabetos sanitarios» es preocupante (entre el 30 y el 40% de la población) Personas que no distinguen los detalles que diferencian los virus de las bacterias o que no se sorprenden al oir «vena aorta» porque ignoran que la aorta es la arteria más importante del cuerpo.

Si a una cultura sanitaria discreta se le une un supuesto científico tramposo, al que dieron pábulo muchos medios de comunicación hace tres lustros, no es extraño el que los movimientos antivacunas crecieran desde entonces y que el número de chavales sin vacunar de enfermedades comunes, aunque graves, continúe aumentando.

Andrew Wakefied, un cirujano discreto, engañó a la revista The Lancet, colándole un falso trabajo sobre la relación entre vacuna trivalente y un mayor riesgo de padecer autismo. Una mentira que él mismo reconoció años después -cuando fue desmontada- motivada en buena parte por conflictos de interés muy poco confesables. Por esa razón, y por el daño que causó, a Wakefield hasta se le ha prohibido ejercer en toda Gran Bretaña.

Luego llegaron las televisiones que dieron cobertura a los antivacunas. Platós en los que el presentador de turno animaba a los padres de un chaval autista a culpar a una vacuna contra tres enfermedades infecciosas del drama que padecía su hijo. Reality shows basura, frecuentes en casi todas las televisiones del planeta. La consecuencia es que volvieron a verse casos de sarampión en muchas partes del mundo así como de difteria, parotiditis y tosferina y algunos pediatras tuvieron que reciclar conocimientos de infecciones que se suponían olvidadas. Lo que ha pasado ahora en Cataluña es un ejemplo. Allí, la perspicacia de un profesional ha puesto en evidencia el primer caso de difteria en España en 30 años.

En todo este conflicto vacunal no hay que olvidar el penoso papel de nuestra administración sanitaria central a la hora de gestionar las inmunizaciones frente a las enfermedades infecciosas. Como la Salud Pública, como tal, está distribuida entre autonomías cuando surge una nueva vacuna (papiloma, neumococo, varicela, meningitis B…) cada comunidad actúa como puede. En general se resisten a aceptar que el gasto que representan las nuevas inmunizaciones es una de las acciones de mayor coste-eficacia de todas las que existen. Ese quizá sea uno de los motivos por las que la pedagogía que lleva a cabo el Estado sobre vacunación es hoy en día tan pobre.

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