HASTA LA VISTA, BABY.

                                                          Matices: César Hildebrandt.

   Nunca terminaré de entender la mentalidad de nosotros, los Latinamaericanos. En el asunto de los indocumentados, por ejemplo, todos los países de la última cumbre han defendido la inmigración clandestina como si de un derecho se tratara, como si las leyes internacionales no rigieran – o no debieran regir -para esta disparatada parte del mundo.

   Puede decirse que las espaldas mojadas son víctimas del hambre. Puede decirse que los que cruzan la frontera mexicana están deseosos de compartir la llamada sociedad de las oportunidades y de soñar el sueño de la autorrealización.

   Muy bien. Todo está muy bien. Puede hasta decirse que el TLC, al empeorar la agricultura mexicana, ha hecho más activas las mafias de coyotes encargadas de hacer pasar a miles de temerarios por esa frontera acribillada de sensores y perros bravos.

   También puede decirse que la historia de los Estados Unidos en su relación con México -una historia de guerras de pillaje, mutilaciones territoriales vastísimas, abusos sin nombre e intervenciones violentas cuando no abiertamente coloniales -justifica la actitud de muchísimos incursores que hoy acuden, desesperados al país que le debe parte de su grandeza al México saqueado y recortado, al México que contuvo a California y a Texas, al México de Hollywood redujo a los belfos de Pancho Villa y a la resistencia de El Álamo.

   Puede decirse también que los peruanos, ecuatorianos, salvadoreños o dominicanos que entran como sea y no salen nunca se están cobrando alguna revancha o que sus remesas de devisas están parando la olla de algunos presupuestos centroamericanos y que, en todo caso, están ejerciendo el derecho de libre tránsito de las personas y son, a fin de cuentas, la viva encarnación de la globalización de la economía.

   Todo eso y más puede decirse, pero lo que no puede decirse es que al defender la inmigración ilegal se está defendiedo el imperio de la ley.

   A mí me parece peligroso que algunos sectores conservadores de los Estados Unidos demuestren simpatía por el trasiego clandestino de personas y que lo hagan en nombre de una vaga caridad. Tengo la impresión de que a esos sectores lo que les interesa es que el derecho internacional sea discrecional, es decir inexistente. Porque con el mismo derecho con que se apoya la lenta invasión de un país por legiones de inmigrantes subprepticios, con ese mismo argumento de cambalache mundial e inexistencia de fronteras, podría respaldarse la injerencia “democratizadora” en un país soberano y “peligroso” para los intereses de los Estados Unidos.

   ¿Cuál es al final la diferencia entre una invasión por goteo y una a torrentadas? ¿No se trata, en ambos casos y a la larga, del intento de asesinar la identidad de un país?

   ¿O es que alguien se va a creer la monserga de los desarraigados que claman por la extinción de las diferencias y el sancochado en olla común de una sola (y mejor si es gringa) cara de la humanidad? ¿O me van a decir que un Estados Unidos que no sea anglosajón de cabo a rabo será el mismo país que fundaron sus patriarcas? ¿O me van a hacer creer que una España totalmente africanizada es un homenaje al antiguo reino Aragón? ¿O que una Alemania turca será felicitada por Kant desde la tumba? Hombre, si la cultura es compleja y rica es, precisamente porque somos distintos, cada uno con lo suyo, cada paisaje con sus colores, y cada pueblo con sus virtudes y sus sombras, todos aproximándose sin desaparecer esencialmente, todos jugando un rol que sólo puede entenderse mirando el conjunto desde lo más alto. Somos surtidos y es una bendición la torre de Babel.

   Pero Latinoamérica siempre apuesta de un modo extraño. Por un lado acusa a los Estados Unidos de ser la causa de muchos de sus males. Por el otro defiende a quienes lo invaden cruzando aguas vigiladas y rompiendo alambradas.

   Los que no saben sus líderes de foto y babas es que con esas migraciones multitudinarias América Latina reconoce ante el mundo el fracaso de sus partidos, de sus políticas, de sus clases dirigentes y de su modelo económico. Y lo que sale de todo eso son toneladas de hipocresía y dobles típicas del llamdo “carácter latino”: la ley sólo vale si me vale y sólo la cumpliré si no me cabe otra cosa.

   Países enormes, minas interminables, praderas riquísimas todo echado a perder por esa mentalidad de marginales, alentada por ”líderes” que piensan que con la diáspora del hambre se sacan de encima algo de esas masas que no huirían del continente si viviéramos en países serios donde la ley -la nuestra y la de los otros -se respetara. Que no huirían si hubiésemos construido países en vez de aeropuertos, economías en lugar de latifundios, propósitos comunes en vez de guerras de caudillos. 

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