GRANDEZ HAZAÃ’AS DE CHIQUITA

Opinión: César Hildebrandt, periodista.

   La Compañía Chiquita Brands se llama así desde 1970. Antes se llamó United Fruit y se hizo muy famosa organizando matazanos en las repúblicas donde cogobernaba a algún lado de algún macaco hispanoparlante.

   En 1928, por ejemplo, unos miles de paisanos del Gabo, es decir de García Márquez, se pusieron bravos en Urabá, al norte del norteño golfo de Darién, y le plantaron cara a los sueldos bananeros, los mosquitos gordos y las jornadas de doce horas de la United. La compañía, entonces, pagó lo que debía a los que cortaban el jamón y rastrillaban los fierros y escarmentó al paisanaje digamos que por muchísimos años. Los plomos volaron el 6 de diciembre de 1928 en lo que la historia del exterminio conocería como la «masacre de la bananera», telón de fondo y zumbido de desdichas en los relatos de García Márquez.

   Muy famosa era la United Fruit cosechando sus propias piñas y sus bananos en esas extensiones más grandes que Bélgica de cada una de sus plantaciones. En 1954 para citar otra de sus hazañas mandó al coronel guatemalteco Castillo Armas a que se deshiciera del molesto presidente de Guatemala don Jacobo Arbenz, un tipejo que pensaba que Guatemala  era un país, la United Fruit una empresa norteamericana y la soberanía un derecho de los pueblos.

   Así que fue el coronel Carlos Castillo Armas a ciudad de Guatemala, derrocó a Arbenz con apoyo de la aviación aceitada por la United y le devolvió el país a sus dueños, osea entre otros, a Alan Dulles, que en ese entonces dobleteaba sus ingresos siendo director de la CIA y al mismo tiempo, abogado de United.

   Neruda le hizo un poema de ira santa a la United y se han escrito muchas líneas en torno a esa empresa resuelta a usar la fuerza y a hacerlo con manifiesta frutalidad.

   En fin, en 1970, harta de que la mentaran tanto y que le recordaran lo berraca que había sido, la United Fruit fue donde un notario en Ohio donde está su casa matriz, y se cambió de nombre. Escogió un nombre de burdel chihuahueño que le vino al pelo: Chiquita Brands. La verdad es que ese nombre se lo puso su nueva propietaria, la Zapata Corporation, una petrolera que en 1954 había fundado George Bush (el papá no el idiota).

   En fin Chiquita Brands ha seguido sembrando y cosechando donde ha podido y donde le han dejado. Claro que no ha podido hacer todo lo que antes hacía. Por ejemplo, ordenar que a los trabajadores muertos se les enterrara en los plantíos para que sirvieran de abono (tal como lo contó el escritor Carlos Fallas en «Mamita Yunai»).

   Lo que sí se ha podido seguir haciendo es mandar a matar. Y lo ha hecho con el entusiasmo de siempre.

   Lo ha hecho en Colombia, donde desde 1997 hasta el 2004 introdujo, clandestinamente, cientos de armas largas y llegó a pagarle a los bandoleros de la ultra derecha colombiana la suma de un millón con setecientos mil dólares. Con esas armas y con ese dinero las llamadas «autodefensas unidas de Colombia» asesinaron a 173 dirigentes políticos, sindicalistas y líderes comunitarios del Urabá, el ancestral territorio de la vieja United Fruit.

   El asunto fue a juicio cuando Washington puso a los paramilitares de derecha en la misma lista terrorista donde estaban las FARC.

   El 17 de septiembre del 2007, ante el juez del distrito de Columbia, Chiquita Brands, que en colombia tenía el Alias de Colombia Banadex S.A., se declaró culpable del delito «de involucrarse en transacciones con terroristas globales específicamente señalados», frase que traducido al buen cristiano quiere decir que los directivos de la empresa sabían a quienes financiaban y con qué propóstito criminal depositaban 3 centavos por cada caja de banano en la cuenta del empresario colombiano Raúl Hasbún, quien se encargaba del reparto de la torta.

   Lo increíble es que la corte norteamericana que juzgó a los directivos de Chiquita Brands los libró de la cárcel y sólo impuso a la empresa una indemnización de 25 millones de dólares (no para las víctimas sino para incrementar los fondos del Departamento de Justicia). Es decir, admitió la ilegalidad de su conducta, las connotaciones siniestras de su asociación con el sicariato ultraderechista (y uribista) y la opacidad de sus cuentas, pero sólo se atrevió a «condenar» a la compañía sin individualizar responsabilidades.  ¿Quienes fueron los artífices de ese fallo prodigioso?

   Bueno, uno de ellos fue el abogado Eric H. Holder Jr., el jefe del equipo legal que defendió los intereses de Chiquita Brands. Holder jr. fue adjunto del fiscal general durante el gobierno de Bill Clinton y es, hasta el momento de escribir estas líneas, uno de los más cercanos asesores del candidatro demócrata y hoy presidente de los Estados Unidos, señor barak Obama.

 

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