Cárceles privadas

Opinión: César Hildebrandt, periodista.

Me parece un chiste colorado eso de privatizar las cárceles, tal como lo ha propuesto ayer el siempre bien intencionado aunque estratosférico congresista Juan Eguren.
Como el Estado peruano es un ente en trance de putrefacción, ¿las cárceles deberían pasar a manos de ese sector de las fuerzas vivas que tambien representaron, alguna vez, los Echenique del guano, el Prado de la guerra del salitre, los Leguía de la coima, el Arana del caucho, el Manchego de los latifundios, la Cerro de la minería, los Picasso de la banca, el Romero de las asesorías en el SIN, el Joy Way de los tractores y hasta el Hermoza Ríos de la privatización -al grito de «arriba las manos» de los dineros públicos?
¡Las cárceles para el sector privado! ¡El sector privado para las cárceles!
¿Cómo no confiar en el capitalismo de Bernie Maddoff? ¿Cómo no entregarles las prisiones a liberales como nuestro Francis Allison?

Más allá de la ironía lo cierto es que el Estado peruano ha convertido las cárceles en depósitos de desdichados y ha renunciado, para todos los efectos, a la misión rehabilitadora que debería estar implícita en cada pena.
Al mismo tiempo, ese estado dantesco que identifica punición con infierno ha exonerado de estar en sus prisiones a todos los señoritos y señorones que en la vida (y en la trafa o el crimen) han sido.
¿Estaría Allison preso en el Perú? La respuesta es obvia: ¡aquí era ministro de García!
¿Algún banquero tramposo de apellido con resonancias oligárquicas ha estado preso en el Perú? La respuesta también está cantada.
¿Habrian soltado a Crousillat el viejo en un país con mínimos de decencia vigentes?
La respuesta es no.
Y así podríamos seguir.
Lo que es claro es que un Estado atravesado por la corrupción -y el indulto a Crousillat el viejo es un ejemplo de manual -tiene las cárceles que le corresponden. De allí imaginar que el sector privado podría actuar como desinfectante del sistema carcelario hay, sin embargo un inmenso trecho.

En el capitalismo realmente existente -la última película de Michael Moore es toda una lección -el negocio y la felonía, el beneficio y el crímen, han llegado a ser tan próximos y tan íntimos que ya es imposible dudar de que en la concepción de la señora Thatcher -aquella que Vargas Llosa, el intelectual con cama adentro de Piñera y Popper son una sola cosa, Isaías Berlín y las hipotecas basura se mezclan en el mismo revoltijo.
Cuando ese capitalismo encarnado de Cheney y Bush (el hijo, tarado) haya sido enterrado por la crisis planetaria de la energía y la rebelión global, cuando esta inmundicia actual sea historia y pesadilla (sí, tengo la esperanza de que así sea), quizá para entonces habremos de conocer a un sector privado más implicado con el interés público, quizá tengamos para esos tiempos gestionadores privados de una planificación pública vinculante y quizá sólo en esos momentos podremos imaginar cárceles administradas con limpieza y prescindentes del Estado.

Pero en ese hipotético paraíso tendremos que poner dentro de esas cárceles recreadas a quienes hicieron de la política la pestilencia que es, el negocio sucio que quiere seguir siendo, el asalto que pretende ocultar.
Me refiero, claro, al señor Crousillat y a su directo benefactor-benificiario. Para empezar.

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