ARGENTINOS ALIADOS

                                                                                      Opinión: César Hildebrandt.

   ¿Cómo que no tiene nada que ver Francisco Morales Bermúdez con la Operación Cóndor, ese invento de Pinochet para matar a domicilio en cualquiera de sus países signatarios?

   La gentuza asesina del coronel Manuel Contreras no pudo contactarse con el Perú mientras Velasco Alvarado gobernó, pero si encontró la colaboración requerida poco después a la caída de Velasco y el ascenso de quien había sido su ministro de Economía y su primer ministro, el nada sobrio Morales bermúdez.

   Cuando el «gaucho» Cisneros Visquerra era ministro del interior y el gobierno de Morales Bermúdez había adquirido el tono caqui de las tropas de asalto, ocurrió el rapto del exiliado argentino Carlos Alberto Maguid, quien había sido espiado por agentes del Servicio de Inteligencia del Ejército peruano.

   Maguid era un alto dirigente montonero casado con Nélida Arrostito hermana de la legendaria Norma Esther Arrostito, torturada hasta la desfiguración y asesinada en la Escuela de Mecánica de la Armada, en Buenos Aires.

   Pues bien, con la íntima colaboración del gobierno de Morales Bermúdez, el SIE detuvo a Maguid que en Lima estaba al margen de toda actividad política, se le entregó a un comando militar argentino que ya había actuado en el marco de la Operación Cóndor y permitó que Maguid y sus secuestradores partieran del grup aéreo número 8 en un vuelo clandestino.

  Maguid desapareció para siempre. Fue probablemente uno de los lanzados desde el aire en alta mar. ¿Fecha de la operación? El 15 de abril de 1977. Un año antes, la derecha Boliviana había aplaudido el asesinato, perpetrado en Buenos Aires, del general Juan José Torres. Un año antes, la derecha chilena había brindado con champán por la muerte de Orlando Letelier y su asistente Ronnie Moffit, víctimas de una bomba con telemando armada por dos agentes protagónicos de la Operación Cóndor: Michael Townley, norteamericano y su esposa chilena Mariana Callejas.    Porque no debemos olvidar jamás que la derecha global que hoy se hace la señorita entre gasas, que hoy pretender ser la señorita proustiana entre tules, la señorita sin memoria y entre hamacas de Punta Cana, es la misma madame roñosa y varicosa que arrasó con todos los cuarteles con tal de matar a Allende y masacrar a toda una generación del cono sur.

   Sí, pues, aunque les duela: la derecha que hoy recluta a garcía por dinero es lña misma que ayer ganara estas plazas apelando al terror más salvaje y al nazisno más próximo que hayamos podido imaginar.

   Volviendo a Morales Bermúdez y a su siniestro «gaucho» Cisneros Vizquerra -le decían gaucho porque se había educado en Argentina-, la colaboración entre oos apratos de inteligencia de Perú y Argentina llegó a su máximo esplendor el 12 de junio de 1980, cuando agentes del batallón de Inteligencia 601 del Ejército Argentino secuestraron en Lima con la anuencia del régimen de Morales bermúdez, a los refugiados Noemí Gianotti de Molfino, María Inés Raverta Y Julio César Ramírez.

   Raverta y Ramírez desaparecieron, la señora Molfino, de 55 años y madre de seis jóvenes vinculados a Montonmeros y al Ejñercito Revolucionario del Pueblo, fue llevada a Madrid y asesinada. Su cadáver fue indentificado el 25 de agosto de 1980. Los detalles de la operación le fueron revelados a Ricardo Uceda por el agente de la SIE Arnaldo Alvarado, alias «El negro». Alvarado estuvo en el se cuestro mortl de estos tres personajes que tenían el estatuto de refugiados.

   Todo se planeó desde el 9 de junio de 1980 y la necesidad de colaborar con la red de asesinos uniformados de argentina le fue planteada a los agentes que intervendrían por nada menos que el coronel EP Martín Martínez Garay, jefe del SIE.

   El pretexto suena a estas alturas ridículo y sublevante. La señora Molfino y sus acompañantes, según la versión de «El negro», «iban a matar a Videla cuando éste viajara al cambio de mando en Lima», Cuando Uceda le preguntó a Morales Bermúdez sobre tan repugnante episodio, el general que tomaba whisky en tazas de té para disimular, negó tener conocimiento alguno de lo que sin embargo, tuvo que pasar inexorablemente por la aprobación del general Pedro Richter Prada, jefe del Ejército, ministro de Defensa y subordinado suyo. Pero, claro, a la hora de las responsabilidades, Morales bermúdez es otro Fujimori.

   Ahora la derecha se tira de los mechones porque alguien ha recordado el prontuario represivo de Morales Bermúdez. «Que no lo toquen», dicen. «El fue el hombre que volvió todo a la normalidad», piensan. Y gritan como cruzados.

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