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Míster Obama va a Washington

Filed under: General — Luis Angel Ayala Huamaní at 12:26 am on Sábado, noviembre 15, 2008

Opinión: César Hildebrandt. Periodista.

   Fidel Castro tiene esperanzas en que Barak Obama cambie su política hacia Cuba. De pronto ignora que el voto hispano que ha impulsado a Obama al triunfo en Florida -con menos de dos puntos porcentuales de diferencia -es el voto conservador viajado de Cuba a Miami y que ya ha producido dos generaciones de lo que Castro suele llamar, muchas veces con legítimo desprecio, “gusanos”.

   Esa hipoteca no es basura precisamente. Y nadie puede hallar entre el follaje crecido de la oratoria “poética” del nuevo presidente de los Estados Unidos ningún compromiso de cambiar, por ejemplo, la naturaleza del embargo que pesa sobre Cuba.

   A lo que estaría dispuesto Obama es a negociar un levantamiento del embargo a cambio de algunas concesiones libertarias en Cuba, algo que los dirigentes de la isla no están dispuestos a negociar porque saben que se les va la vida -la frase podría ser tomada literalmente -en un asunto como este.

   De modo que debo suponer que el contento de Castro nace del hecho de que Jhon McCain ha sido relativamente rechazado por el electorado norteamericano -aunque 56 millones de votos tampoco son desdeñables – Castro está convencido de que McCain habría devuelto al mundo a los tiempos de guerra fría y que con Obama un capítulo de diversos entendimientos se abre, promisoriamente, a la agenda global.

   Es probable que el líder cubano, más o menos encerrado en su búnker habanero, ignore también que no es que McCain pudiese habernos regresado a la confrontación. Es que estamos en plena confrontación.

   Lo dice la “paz romana” que abruma a Bagdad, que se quiebra en Kabul con miles de muertos civiles, lo dice la tensión que enfrenta a rusos y georgianos con el pretexto de las Osetias, que pone a la OTAN de cabecera de playa de la política de Washington, que amenza a Irán por querer tener lo que Israel posee por docenas, que se precipita sobre Gaza con ruido de metralla aérea y convicción de impunidad.

   Creeré en Obama si se enfrenta diplomática y moralmente a Israel y le impone una agenda pacifista en nombre de los intereses mundiales. En ese momento me tragaré al sapo de la fábula, me quitaré el sombrero que no uso y haré de mi retractación un espectáculo.

   Creeré en Obama si le ordena a la CIA que cese su intervención en Bolivia, sus provocaciones en Venezuela, que cierre sus sucias cárceles internacionales en donde se depositan presos sin nombre a quienes se les tortura en nombre, precisamente de la libertad amenazada.

   Creré en Obama si admite que la frase “el eje del mal” fue un invento de la arteriosclerosis reaganeana y una fenicia conveniencia para la Halliburton.

   Creeré en Obama si, después de retirar sus tropas antes de los 16 primeros meses de su administración, le pide perdón al pueblo iraquí por las atrocidades que debió sufrir a partir de una mentira descomunal y de unas armas de destrucción masiva que la CIA inventó trucando fotos satelitales y repitiendo las mentiras en cadencia nazi.

   Lo que pasa es que ayer mismo el señor Obama llamó a Mccain “un gran patriota” y hoy por la mañana el señor Colin Powell -el farsante secretario de Estado que expuso ante la ONU las razones por las que Irak debía ser exterminado como país autónomo -ya se había presentado como asesor de Barak Obama. ¿Así se entiende el cambio o es que el color de la piel de Colin Powell es suficiente hoja de vida para el señor Obama?

   Creeré en Obama cuando su manejo de la crisis económica se parezca remotamente siquiera a lo que, entre vaguedades, ha llamado “un nuevo sentido de la justicia y de la distirbución de la riqueza”. ¿O es que seguiremos viendo cómo el dinero público tapa los forados del hampa bancaria mientras 47 de millones de norteamericanos carecen de seguro médico y otros tantos corren el riesgo de perder sus empleos o sus casas?

   Obama es la  enésima ilusión de un imperio que, como todo imperio, sólo aspira a durar. A los imperios no los cambia un hombre sino que los arruina la decadencia. Roma estaba muerta cuando Constantino la cambió de fe. El zarismo era un cadáver cuando los bolcheviques lo enterraron. Y los bolcheviques eran momias cuando el muro se les desplomó. Los americanos sujetos al virreynato se liberaron de lo que ya era sólo el esqueleto del imperio español.

   No sé. por supuesto, cuántos años le queden al imperio norteamericano y no puedo imaginar si su fin será como el de los otomanos o como el de los persas. Lo que sí puedo decir es que no conozco un solo caso de imperio que no haya sido neutralizado a fulminado por fuerzas procedentes del exterior. Y, desde ese punto de vista, Obama es un norteamericano nacionalista que quiere rejuvenecer la fe en su país y que aspira a que el imperio se prolongue.

   ¿Le bastará al mundo alterado de estos años una cierta moderación, unos cuantos modales, un nuevo pragmatismo? Porque ese es el programa más radical que ofrece Barak Obama. ¿Será suficiente para un mundo en crisis de recursos y de energía? ¿Será Obama suficiente para un imperio armado como nadie y desarmado como nadie en asunto de principios y ética internacional?

   Me temo que no. Me temo que la ilusión mediática ha vuelto a encandilar a la platea.

GRANDEZ HAZAÑAS DE CHIQUITA

Filed under: General — Luis Angel Ayala Huamaní at 8:43 am on Miércoles, noviembre 12, 2008

Opinión: César Hildebrandt, periodista.

   La Compañía Chiquita Brands se llama así desde 1970. Antes se llamó United Fruit y se hizo muy famosa organizando matazanos en las repúblicas donde cogobernaba a algún lado de algún macaco hispanoparlante.

   En 1928, por ejemplo, unos miles de paisanos del Gabo, es decir de García Márquez, se pusieron bravos en Urabá, al norte del norteño golfo de Darién, y le plantaron cara a los sueldos bananeros, los mosquitos gordos y las jornadas de doce horas de la United. La compañía, entonces, pagó lo que debía a los que cortaban el jamón y rastrillaban los fierros y escarmentó al paisanaje digamos que por muchísimos años. Los plomos volaron el 6 de diciembre de 1928 en lo que la historia del exterminio conocería como la “masacre de la bananera”, telón de fondo y zumbido de desdichas en los relatos de García Márquez.

   Muy famosa era la United Fruit cosechando sus propias piñas y sus bananos en esas extensiones más grandes que Bélgica de cada una de sus plantaciones. En 1954 para citar otra de sus hazañas mandó al coronel guatemalteco Castillo Armas a que se deshiciera del molesto presidente de Guatemala don Jacobo Arbenz, un tipejo que pensaba que Guatemala  era un país, la United Fruit una empresa norteamericana y la soberanía un derecho de los pueblos.

   Así que fue el coronel Carlos Castillo Armas a ciudad de Guatemala, derrocó a Arbenz con apoyo de la aviación aceitada por la United y le devolvió el país a sus dueños, osea entre otros, a Alan Dulles, que en ese entonces dobleteaba sus ingresos siendo director de la CIA y al mismo tiempo, abogado de United.

   Neruda le hizo un poema de ira santa a la United y se han escrito muchas líneas en torno a esa empresa resuelta a usar la fuerza y a hacerlo con manifiesta frutalidad.

   En fin, en 1970, harta de que la mentaran tanto y que le recordaran lo berraca que había sido, la United Fruit fue donde un notario en Ohio donde está su casa matriz, y se cambió de nombre. Escogió un nombre de burdel chihuahueño que le vino al pelo: Chiquita Brands. La verdad es que ese nombre se lo puso su nueva propietaria, la Zapata Corporation, una petrolera que en 1954 había fundado George Bush (el papá no el idiota).

   En fin Chiquita Brands ha seguido sembrando y cosechando donde ha podido y donde le han dejado. Claro que no ha podido hacer todo lo que antes hacía. Por ejemplo, ordenar que a los trabajadores muertos se les enterrara en los plantíos para que sirvieran de abono (tal como lo contó el escritor Carlos Fallas en “Mamita Yunai”).

   Lo que sí se ha podido seguir haciendo es mandar a matar. Y lo ha hecho con el entusiasmo de siempre.

   Lo ha hecho en Colombia, donde desde 1997 hasta el 2004 introdujo, clandestinamente, cientos de armas largas y llegó a pagarle a los bandoleros de la ultra derecha colombiana la suma de un millón con setecientos mil dólares. Con esas armas y con ese dinero las llamadas “autodefensas unidas de Colombia” asesinaron a 173 dirigentes políticos, sindicalistas y líderes comunitarios del Urabá, el ancestral territorio de la vieja United Fruit.

   El asunto fue a juicio cuando Washington puso a los paramilitares de derecha en la misma lista terrorista donde estaban las FARC.

   El 17 de septiembre del 2007, ante el juez del distrito de Columbia, Chiquita Brands, que en colombia tenía el Alias de Colombia Banadex S.A., se declaró culpable del delito “de involucrarse en transacciones con terroristas globales específicamente señalados”, frase que traducido al buen cristiano quiere decir que los directivos de la empresa sabían a quienes financiaban y con qué propóstito criminal depositaban 3 centavos por cada caja de banano en la cuenta del empresario colombiano Raúl Hasbún, quien se encargaba del reparto de la torta.

   Lo increíble es que la corte norteamericana que juzgó a los directivos de Chiquita Brands los libró de la cárcel y sólo impuso a la empresa una indemnización de 25 millones de dólares (no para las víctimas sino para incrementar los fondos del Departamento de Justicia). Es decir, admitió la ilegalidad de su conducta, las connotaciones siniestras de su asociación con el sicariato ultraderechista (y uribista) y la opacidad de sus cuentas, pero sólo se atrevió a “condenar” a la compañía sin individualizar responsabilidades.  ¿Quienes fueron los artífices de ese fallo prodigioso?

   Bueno, uno de ellos fue el abogado Eric H. Holder Jr., el jefe del equipo legal que defendió los intereses de Chiquita Brands. Holder jr. fue adjunto del fiscal general durante el gobierno de Bill Clinton y es, hasta el momento de escribir estas líneas, uno de los más cercanos asesores del candidatro demócrata y hoy presidente de los Estados Unidos, señor barak Obama.

 

¿OBAMA O McCAIN? ¡ME DA LO MISMO!

Filed under: General — Luis Angel Ayala Huamaní at 7:36 pm on Viernes, noviembre 7, 2008

Opinión: César Hildebrandt, periodista.

   Mientras escribo estas líneas el mapa electoral del New York Times emìeza a colorearse de azúl y celeste por el noreste y de rojo y rosado por el centro, dando un indicio de que la pelea será más recia de lo previsto aunque el triunfo de Barak Obama parece estar más cerca por los votos electorales que lleva de ventaja (81 contra 8 a las 9:30 hora estándar del este). Que Mc Cain no es un cadáver lo demuestra Fox News, que insiste en crear el clima que en las elecciones pasadas le permitió al aparato corporativo militar organizar el robo de las elecciones en favor de George Bush.

   Supongo que algo de justicia y un poco de ciudadanía queda en el voto popular de los Estados unidos, un país que ha convertido la democracia en un juego de dos partidos muy parecidos, la libertad de expresión en un negocio para los Rupert Murdoch y el capitalismo -ayer creativo y pujante- en un lío entre bandas bancarias.

   A mí me gusta Norteamérica. Me eduqué leyendo a sus novelistas, me emocionaron sus películas y admiré siempre su papel decisivamente antifascista de la segunda guerra mundial. Tenía quince años y estaba interno en el colegio militar cuando nos llegó la noticia del asesinato de Jhon kennedy.

   No lo podíamos cree. ¿Kenndy muerto por un pobre diablo que le disparó con un rifle de 70 dólares desde lo alto de un almacén de libros? Era una de esas noticias que vienen con un misterio infame incorporado.

   Las discusiones de los muchachos de esa época se basaban en el duelo fenomenal que la historia nos había impuesto como espectáculo: en la Cuba donde antes Frank Sinatra iba a cantar y a drogarse, un grupo de barbudos liderado por un titán de la dignidad latinoamericana estaba haciendo lo que nadie se había atrevido a hacer; en los Estados Unidos que por mil razones no podíamos odiar, un presidente joven y por primera vez católico estaba tratando de establecer lazos distintos con países como el nuestro y para eso había creado la Alianza para el Progreso, el primer marco continental de una relación comercial más fluida y menos asimétrica.

   El año anterior, sin embargo habíamos estado al borde de la desaparición. En octubre de ese 1962 aterrador, Estados Unidos había estado a punto de bombardear atómicamente a Cuba, la isla de los barbudos nomantinos. La serenidad de la dirigencia comunista de la Unión Soviética -hay que decirlo-nos había salvado de un holocausto planetario.

   Y todo eso era consecuencia de la invasión que en 1961 Washington había organizado desde Guatemala en contra de Cuba. Fue a partir del desastre de Bahía de Cochinos que Fidel castro convenció a Nikita Kruschev de que montara misiles nucleares de alcance medio en el centro de la isla y apuntando a blancos norteamericanos.

   Discutíamos mucho sobre esos asuntos. Y muchos pensábamos que a Kennedy y los halcones le habían doblado la voluntad y la CIA lo había mentalmente secuestrado y las provocaciones de Castro lo habían puesto contra la pared..

pero también pensábamos que el intento de invadir Cuba había sido algo muy sucio y que Fidel castro había sido conducido al padrinazgo de los rusos por la incomprensión de la administración Kennedy y el sabotaje a tiendas, almacenes, fábricas y cosechas que la CIA había financiado con la ayuda de los cubanos disidentes que todavía estaban en Cuba.

   En medio de nuestra ingenuidad de mozalbetes nos preguntánamos: ¿Cómo puede haber cubanos que se opongan a la gesta independista de Castro?

   Ignorábamos por supuesto, qué estaba construyendo el líder cubano. Al principio pensamos que eso era el socialismo que anunció en el discurso de 1961, un marxismo matancero y alegre, libertario y nuevo.

   Pero al poco tiempo encerraron a Hubert Matos, el jefe de los barbudos en Camagüey. Y poco después vino la guerrilla del Escambray, al mando de otro revolucionario del Movimiento 26 de Julio -Eloy Gutiérrez Menoyo-. Y después llegó el aplauso de Castro a la invasión soviética de Checoslovaquia. Y al mismo tiempo la campaña y reclusión de los homosexuales que afeaban tan viril proceso. Y para remate llegó el asqueroso caso de Heberto Padilla, el mejor poeta de su generación obligado por el propio Castro a decir en público que era un agente de la CIA, que su contacto era un periodista canadiense que se había fugado de la isla y que solicitaba el perdón de sus compatriotas para sus vastos crímenes.

   Allí nos dimos cuenta -pero ya teníamos 23 años y éramos unos viejos y hubiese sido el colmo que no nos hubiésemos dado cuenta de lo evidente -de que Castro había suprimido toda libertad en nombre del futuro, toda crítica en homenaje a la paz marxista y cualquier asomo de dignidad individual en nombre de las multitudes que cada vez lo amaban menos y le temían más.

   Y en cuanto a Kennedy, ese fue otro mito que el tiempo derribó. Y no es que nos enteráramos solamente de sus vicios privados y sus hipocrecías al escoger. Es que tuvimos que llegar a la conclusión de que el presidente iba a cambiarlo todo no había cambiado nada. En lo que se había esmerado, más bíen, era en concederle más territorio del que ya tenía al aparato industrial-militar. Y tampoco era cierto que al momento de ser asesinado tenía planes para retirarse de Vietnam del Sur.

   Kennedy había llegado como Barak Obama a la política de los Estados Unidos: como una ola de limpieza y renovación, de idealismo y regeneración. Cuando lo mataron ya era, sin embargo, el presidente espectral que la derecha norteamericana había soñado. Sus mil días no habían tenido nada de épicos, como sustuvieron sus biógrafos amigos. Fueron gris continuación de los días de Eisenhower, que au vez habían sido extensión de los de Truman: días de voracidades de Unit Ruit y Rockefeller gobernando al alimón. No Tocqueville, sí Hearst.

   Así que asi fue como nos quedamos huérfanos los que jamás accedimos a callar ante el imperio vulgar de los Estados Unidos ni ante el imperio hipócrita y aun más criminal de la Unión Soviética ni ante la equidistancia mentirosa de Haya de la Torre y Perón (peones de Washington) ni ante la farsa de la Cuba estalinista.

   Pero preferimos la orfandad a la mentira. Y desde esa carencia de iglesias y paraguas, desde la intemperie de siempre, ahora que vemos tan matizado el mapa electoral de los Estados Unidos la verdad es que no nos cuesta reiterar lo que hemos escrito ya en esta columna y dicho en televisión: con MacCain o con Obama nada de lo que debería de veras cambiar habrá que cambiar en el país con mas poder y menos razones que el planeta.